La vida es un torrente
ininterrumpido de desgracias. Si, suena terrible, negativo y catastrofista,
pero lo cierto es que es así. Aguantamos a diario un continuo de problemas de
todo tipo, que varían según la persona; soledad (o la ausencia de esta),
estrés, exámenes, problemas económicos… Nos enfrentamos a estos y otros
enemigos en la batalla de la vida y lo cierto es que lo hacemos solos, casi
siempre. Pero no todo es doloroso y agotador en este mundo, hay cosas que
merecen la pena, sensación que llenan, historias que merece la pena oír, o
mejor, que merece la pena vivir. En su innegable intensidad, la vida resulta la
mejor de las películas.
Ir al cine en estos días puede
resultar algo anodino, un entretenimiento, sin más. Películas espectaculares,
rápidas, filmes de acción y de aventuras, dramas policiacos, de misterio,
pueblan las carteleras de todo el mundo y gustan, se disfrutan, se agradecen.
Pero las películas que llegan al corazón, que enseñan, que cambian, son muy
poco habituales. Tal vez sea necesario poseer un estado anímico particular, o
tal vez, sencillamente, se necesita haber madurado o haberlo intentado, para
que una película te haga sentir diferente por dentro. A menudo, la gente pasa
por este mundo sin haber disfrutado de esa extraña sensación al salir de la
sala de cine. A lo largo de mi vida, solo dos películas han conseguido llegarme
al corazón de una manera tal que, sea falsa o no la sensación, han conseguido
hacerme sentir mental e incluso físicamente distinto, mejor. Una de ellas es la
estupenda “Cashback”, y la otra,
ésta. Por ello
debo decir, para ser franco con todos los posibles lectores de esta entrada,
que no solo está escrita para vosotros. No está escrita para mí, yo tuve
suficiente con ver la película. Esta entrada se la debo a “The Perks of being a Wallflower”, y para ella es cada palabra.
La
premisa de la película es sencilla en su concepción; Charlie (Logan Lerman, a
quien ya pudimos ver hace relativamente poco en “Percy Jackson y el Ladrón del
Rayo”) es un joven con problemas de adaptación que comienza el instituto con un
pensamiento claro, “debo cambiar las cosas”. Incapaz de encontrar un ambiente
en el que pueda sentirse a gusto, encerrado en sí mismo, la mente de Charlie es
tan genial como solitaria. La aparición de Sam (Emma Watson, la archiconocida
Hermione Granger en la saga “Harry Potter”) y Patrick (Ezra Miller, al que ya
vimos en “We need to talk about Kevin”), dos singulares estudiantes del
instituto, sumergirá a Charlie en un turbulento torrente que le hará descubrir
la verdadera juventud, y sobre todo, pondrá a prueba todos sus miedos
personales.
Los temas que toca el filme de Stephen
Chbosky (que, por cierto, es el escritor de la novela original en la
cual se basa la película) son innumerables, la mayoría de ellos muy polémicos y
todos extremadamente bien retratados. Desde el tristemente conocido “bulling”,
hasta la homofobia, el maltrato , el amor o los problemas mentales, pero sobre
todo y ante todo, “The Perks of being a Wallflower”
es una apología de cómo vivir la vida, o más bien, de cómo sentir la vida.
Veremos pasar ante nuestros ojos todo tipo de cruentas escenas retratadas con
la inocencia de unos ojos adolescentes y sobretodo la sensibilidad de una mente
maravillosa, y sentiremos en nuestro fuero interno que todo aquello es una
lección, como si Stephen y los actores a sus órdenes nos regalaran una clase
magistral en la que creer firmemente. No quisiera entrar más en lo que al
argumento se refiere, es mejor que el espectador descubra lo que el filme tiene
preparado por sí mismo, para sentirlo como es debido.
El estandarte de la película, el
mayor valor que posee, es el trío protagonista. Sin su trabajo, sin la vida que
tienen cada uno de los personajes que interpretan la película hubiera quedado
en nada. Se me hace inevitablemente obligatorio recomendar el visionado en
versión original, las voces de los actores merecen la pena por encima de
cualquier doblaje, por respetable que sea. Logan Lerman (Charlie) resulta
absolutamente convincente, insufla emoción y sincerad a cada una de sus frases,
destila humanidad, sensibilidad, y en parte, debilidad. Emma Watson y su
estupendo personaje de Sam sorprenden ante todo. Hay vida tras “Harry Potter” y
eso es indudable; su papel no admite reproches. Un personaje dañado, dolido,
herido por el tiempo y una mala vida, un trabajo excepcional que llega a su
punto álgido cuando ella y Logan Lerman protagonizan las escenas. Y entonces
llega Ezra Miller con Patrick y pasa por encima de todos en la que
probablemente sea la mejor actuación de una película, sobre todo, bien actuada.
Si bien Emma Watson y Logan Lerman cumplen sobradamente en sus papeles, en
presencia de Miller, no hay color posible. Si bien su personaje no tiene tanto
peso como el de Lerman por razones evidentes, es todo un placer verlo dar vida
a Patrick de una manera muy, muy sincera.
“The Perks of being a Wallflower” posee una intensidad emocional asombrosa.
De principio a fin la película nos lleva de la mano a través de una experiencia
inolvidable, casi sin darnos cuenta. Poco más de una hora y media que se hace
larga, en el mejor sentido posible de la palabra, y que deja un sabor de boca
extraordinario. Todos los recursos cinematográficos, guión, banda sonora,
actuaciones, montaje, planos, velocidad de la narración, voz en off… todo, absolutamente
todo, se hilvana con una habilidad magistral que no solo nos entretiene, sino
que no enseña. La película termina, saltan los créditos. Una canción suena
mientras decenas de nombres pasan ante nuestros ojos. Pero nadie se levanta,
nadie habla, ni nadie se mueve en la sala. Los créditos terminan y la gente
empieza a despertar. Algunos se secan las lágrimas, otros, sencillamente, miran
al vacío. “The Perks of being a Wallflower”
termina, pero todos tenemos en nuestro interior la sensación de que algo
comienza. Tal vez sea una sensación ficticia, un placebo, la sensación de que
todo puede cambiar, de que todo es, ni más ni menos, real. Cuando la película
termina y las personas salen de la sala, puebla el silencio, porque todos
sienten en su fuero interno que han visto algo que, tristemente, tardarán mucho
en volver a ver. Porque el cine no es solo espectáculo, no son solo guiones
ingeniosos, escenas violentas o planos perfectos. El cine es sentir, y la vida,
(¡oh, la vida!), es sentir aún más. Me gustaría dar las gracias a todas
aquellas personas que colaboraron para hacer real esta maravillosa historia.
Muchísimas gracias, porque aunque fuera sólo por unas horas, todos nos sentimos
infinitos.





